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Pueblos y Ciudades de España

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Tipo:Historia
Añadido por:david17

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La leyenda de la cueva de San Antolín

Hay en Castilla una ciudad llamada Palencia en la que hace muchos, muchísimos años sucedió lo que os vamos a relatar.
Palencia había sido una pequeña ciudad a orillas del río Carrión que, según se cuenta, era considerada de las más antiguas y memorables de Hispania y que los romanos llamaban Pallantia. Sus habitantes se dedicaban al laboreo de los campos y al cultivo de fértiles huertos que se alineaban, como pequeños jardines, a las márgenes del río.
Estas gentes sencillas, un día vieron con horror, cómo sobre su pequeña ciudad caían avasalladoras las hordas bárbaras.
No quedó piedra sobre piedra. Las casas fueron saqueadas, sus campos arrasados y sus habitantes, o muertos o hechos prisioneros.
Pasaron los años y, poco a poco, la maleza se fue apropiando de las plazas y callejuelas hasta que la frondosidad de los bosques, que surgieron a orillas del Carrión, borraron casi por completo su huella.
Aquel pequeño oasis en medio de la vasta llanura castellana, se convirtió en paraiso para no pocos animales salvajes que tranquilarnente pasaban sus dias sin temor a que algún valiente cazador se atreviera turbar su paz y reposo.
Pero he aquí que de pronto, un atardecer, unos guerreros, que atravesaban aquellos parajes, deciden acampar; y en una de sus tiendas, D. Sancho el Mayor, rey de Navarra, fatigado por el largo y agotador viaje, descansa.
Al amanecer del día siguiente, atraído por el agreste paisaje que se ofrecía a sus ojos y sabiendo que podía encontrar abundante caza en esos bosques, el rey, que era experto cazador y gustaba, siempre que le era posible, ejercitar la montería, decide, con algunos de sus hombres, salir a cazar.
Después de cabalgar un buen rato, ante su vista aparece un hermoso jabalí y el rey sin dudarlo un instante se lanza a su caza.
El jabalí, asustado por la presencia del jinete, escapa por entre los matorrales; pero el rey no estaba decidido a renunciar a tan hermoso ejemplar; enfurecido lo persigue y dispara una y otra vez su venablo contra la bestia, hasta que el animal, al sentirse acosado, se refugia en una cueva semioculta entre los espinos.
El monarca titubea un instante con miedo a encontrarse en el interior de la gruta, a oscuras, cara a cara con la fiera; pero el deseo de cobrar esa pieza es más fuerte que su propio temor y, olvidándose del riesgo que puede correr ante el enfurecido y herido animal, sin pensarlo más, entra en lo que él piensa que es la guarida del jabalí.
Una vez en el interior, sus ojos, acostumbrados a la luz del sol, no aciertan a ver nada y el rey tiembla al oir la respiración jadeante de la bestia, que parece estar escondida a la espera de una oportunidad para asestar a su cazador un golpe mortal.
Por fin, comienzan a disiparse las tinieblas y las formas cada vez se hacen más claras. El jabalí está allí, sin escapatoria posible; Don Sancho tensa su venablo y ya está dispuesto a disparar cuando, horrorizado, siente que tiene el brazo paralizado y que las fuerzas le flaquean, un sudor frio resbala por su frente, todo su cuerpo se estremece preso de un temor desconocido que lo sacude; con la vista recorre una y otra vez el interior de la cueva, tratando de encontrar otra salida o al menos un refugio seguro y así escapar de una muerte cierta; pero todo su esfuerzo es en vano.
Cuando ya todo lo cree perdido y casi está resignado a su suerte, un rayo de luz, que penetra por una hendidura de la pared, ilumina una pequeña imagen que él reconoce como de San Antonio, hoy llamado San Antolín, patrono de la ciudad, cuyos milagros y virtudes eran muy conocidos por el rey.
No había duda; aquello era una ermita dedicada al mártir y él, sin saberlo, la había profanado. Comprendió que cuanto le estaba sucediendo era castigo divino por tratar de matar en aquel lugar sagrado a una fiera que se había cobijado bajo la protección del santo.
Entonces el rey suplicó la protección divina. Cayó de rodillas y pidió a San Antonio la curación del brazo; y para que su súplica fuese efectiva, le prometió a cambio, erigirle un templo en aquel mismo lugar como desagravio y reedificar la ciudad destruida, para que así sus habitantes pudieran honrarlo y venerarlo por los siglos de los siglos.
Absorto en sus oraciones, no notó la presencia de sus guerreros, que preocupados lo habían estado buscando y que por fin, acababan de dar con él. El rey se alegró al verlos y aún más al descubrir que las fuerzas y vigor perdidos, habían regresado a su brazo, pensando que San Antolín había escuchado sus ruegos.
Don Sancho relató a sus gentes lo que le había sucedido y les encargó que divulgasen el prodigio para mayor honra del santo. No mucho después, en cumplimiento de su voto, reconstruyó y repobló la ciudad de Palencia y en aquel mismo lugar donde se realizó el milagro, erigió un pequeño templo cuyos restos hoy pueden contemplarse en el fondo de lo que los palentinos llaman "la cueva de San Antolín".

Por david17, martes 27 febrero, 2007

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